Instancias y Distancias
Por Diana Aisenberg

En cada instancia de esta obra alguien está hablando y alguien está escuchando. En cada instancia, las palabras se meten en otra persona, en otro lugar, en otra licuadora, para juntarse con andá a saber qué y que quede no sabemos qué. Lo único que sí sabemos, es que en cada una de esas transformaciones, el tamiz de la escucha, del habla, de la escritura, de alguna forma, participa.

Así, en cada instancia de esta obra, se abre una nueva distancia. Yo y lo que digo: una distancia. Yo que te escucho: otra distancia. Yo que escribo lo que escucho: otra distancia. Parece un mecanismo intrinseco y ontológico de cómo funcionan las obras, de las posibilidades de distancias que abre una obra. Distanciarse del propio yo, del lugar donde uno está, de algo que sintió, de su voz.

Son esas distancias las que hacen que lo que un chico vio por la ventana se transforme en obra. Experimentar esas distancias es lo que lo hace obra y no que vos o yo lo señalemos como tal. Ese es el punto. Es como si hubieras construido un
Scalextric: un sistema de movimientos y posibilidades de circulación en chiquitito. Jugás con los autos, cruzás el puente, frenás en un semáforo, te vas a la montaña, y hacés circular un contenido que se transforma constantemente, en cada metro cuadrado. Los autos, los protagonistas, no somos las personas que participamos. Ni los escritores ni los portavoces. Los protagonistas son los poemas. Y los poemas no son lo que alguien dijo ni lo que vos escribiste. Son la suma de esas distancias que pusimos en ejercicio y el rastro del vínculo que los construyó.

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Las conexiones que se hacen con la lectura, a través de la palabra escrita, no son menos intensas que las conexiones que se pueden dar en el encuentro entre dos personas. No te pasa con todos. Vos leés, lees, leés, y a veces leés a alguien y hacés un vínculo con lo que estas leyendo. No sé como explicarlo... Las revelaciones de Clarise Lispector. Yo leía eso que escribía en el diario y decía: ¡me habla a mí! Y empezas a sentirte esa persona, y a identificarte, y te enamoras de lo que estás leyendo y pensas que te gustaria escribir así, y hablar con ella en tu cabeza, o ser ella. Son encuentros que te marcan, que te construyen. ¿Cuáles seran las diferencias que con alguien que te encontraste y charlaste?
Los encuentros literarios tienen algo de encuentros viajeros tambien. Ese momento unico en que te encontras con una persona, y te enamorás, y te cambiás los telefonos y las direcciones, y casi que no importa si después no la ves nunca más. Y esos encuentros a la vez son como dibujos, como cuadros que viste, como libros que leiste. Se me vienen unos recuerdos muy vividos de algunas descripciones del diario de Katherine Mansfield. Lo debo haber leido hace 40 años y no me olvido más como la nena arrastro ese tapado por esa habitación. ¡O Sandokan! El chaleco de piedras esmeralda entrelazadas, la selva.
Esos encuentros son un antes y un después en tu vida. No sos la misma persona. Estás produciendo infinitos encuentros y no sabemos hasta dónde van a llegar sus efectos.

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Es increible decir “yo soy Patricia, soy paraguaya, trabajo en el mercado 4”. La alegria de ser otro. Ese momento. ¿Será eso lo que sienten las actrices?. Aunque en este caso es ser un otro vivo, no un personaje. Cuando digo “yo soy Patricia” me siento orgullosa, me siento cerca, identificada. ¡Y cuando les habla a las mujeres! ¡Que no se queden quietas, que la que se queda en el molde es una boluda! Me despierta mi propio optimismo.

Es un corrimiento de yo y de lugar. Es lo que nos pasa contantemente a los artistas. Siempre en esta calesita, a veces objeto, a veces persona, nadie, .dolo, privado... El artista, siempre un abanico de lugares sociales, titilando entre ser alguien, ser un lugar, ser un contexto. Decir "yo soy Patricia" es ser pintado y es pintar. Y el retratado, ¿sos vos o es otro?

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Pareciera que esta obra fuera un plan de reconocimiento de algo que no sabemos qué es. Truman Capote, por ejemplo, cuando escribió A sangre fría, tenía bien claro qué quería. Leyó una noticia en el diario, habló con los vecinos, se metió en la cárcel, estuvo con los presos hasta el día que los mataron, y usó todo para escribir una novela.
Vos también pareciera que tenés un plan, pero en este caso parece un plan más armado para rodear una visión que para llegar a un lugar específico. No quiero decir un plan divino, quiero decir un plan de acción. No sé si está bueno saberlo o no, pero hay un plan. No te da lo mismo nada. Ni a quien elegís para escribir, ni dónde, ni a quienes invitás a que lean, ni como se disponen los objetos, ni como se arman los libros.
Intuyo que tiene que ver con rastrear de dónde vienen las palabras, mezclado con algo medio bíblico, y también con algo de las épocas de las utopías: ese cliché de que todos tenemos palabras.

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2016

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